4 de abril
Hoy cumple mi nieto Juan
cuatro años. No los veo desde el ocho de enero en que volvimos a Sevilla .tras
pasar las vacaciones de Reyes en Barcelona. El 28 de febrero, día de Andalucía,
mi intención era haber subido de nuevo, pero mi hermano me pidió que le dejara
el puente, ya que su mujer, que es profesora, no tendría muchas ocasiones de
viajar durante el curso. Accedí y me quedé al cargo de mi madre, consolándome
el hecho de que mi hija y nietos vendrían
a finales de marzo para el homenaje que sus antiguos estudiantes le estaban
preparando a mi marido.
Pero
algo en mi interior me decía que hacía mal en no viajar esos días, en no
aprovechar cualquier ocasión para abrazar a los que tenía a mil kilómetros.
Hoy, solo un mes y medio después, han pasado tantas cosas que parece que no
estemos en el mismo año, ni en el mismo país, ni en la misma sociedad: mi madre
ha muerto, se fue el 19 de marzo, la incineramos, en la más absoluta soledad,
el 20 –el mismo día que hubiera empezado el homenaje a mi marido-. Mi hija no pudo venir, no era conveniente por
temor a los contagios. Ya entonces se había declarado el estado de alarma y
estaban desaconsejados los desplazamientos imprescindibles, así que fuimos
cinco los que la acompañamos en su última andadura hacia la otra orilla. Seis
días antes nos prohibieron la entrada a la residencia donde la cuidaban desde que se
rompió la cadera a fines de noviembre. Seis días en los que ella no vio un
rostro conocido, un rostro que la hiciera sonreír. Creo que se dejó ir. A sus
casi 100 años consideró que lo que estaba viviendo ya no le proporcionaba
compensación para las limitaciones que la edad le imponía. Se fue, se echó a
dormir y ya no despertó.
No hubo
responso, ni reunión familiar, ni llantos compartidos al rememorar anécdotas de
su vida con parientes del pueblo, ni misas, ni comidas en su honor. Solo la
espera debajo de una pérgola del cementerio, al resguardo de la lluvia fría de
marzo. Después de dos horas y media nos dieron la urna de color burdeos, que
habíamos elegido el día anterior. Y nos marchamos a casa en tres coches
distintos para guardar las distancias de seguridad.
Hoy, 4
de abril, no hace todavía un mes y, sin embargo, es como si hubiera pasado
mucho tiempo. Llevamos más de treinta
días confinados, hemos tenido que reinventar nuestras vidas, adaptándonos a
unas rutinas falsas, pero necesarias para conservar algo de cordura.
Sentimientos de miedo, angustia,
insomnio, dolor, desesperación nos atraviesan a diario…Y eso que no hemos
sufrido la enfermedad en nuestras carnes, no la hemos vivido en primera persona
como las que están en los hospitales, tanto enfermos como médicos y cuidadores
de todo tipo. Estas personas que se tienen que tragar a diario sus angustias y
problemas personales (como dejar a sus hijos en manos extrañas) para enfrentarse
a un trabajo de alta peligrosidad.
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